Luna • Murci • Peter
VALLE DE LA LUNA
01 / Candy Magic

El camino de las calabazas saltarinas

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Luna, Murci and Peter, the original Halloween characters
The moonlight crew

Las aventuras de Luna, Murci y Peter

El camino de las calabazas saltarinas

Más allá de la última carretera, donde las estrellas parecen caramelos y los árboles tienen hojas moradas, existe el Valle de la Luna. Allí siempre es Halloween. Las casas tienen sonrisas de calabaza, los fantasmas dicen «¡con permiso!» al atravesar paredes y nadie se va a dormir sin escuchar una historia.

En una casita junto al camino viven tres amigos. Luna es una gatita curiosa, con gorra morada, capa y una pregunta para todo. Murci es un pequeño murciélago que puede escuchar una hoja caer al otro lado del bosque, aunque a veces se asusta con su propio eco. Y Peter es un camioncito morado con una gran sonrisa, una caja llena de herramientas y un claxon que suena «¡pu-pú!» cuando se emociona.

Su trabajo favorito es llevar dulces, paquetes y sorpresas a los pueblos del valle. Cada entrega es una aventura. Y aquella noche tenían la más importante: llevar los caramelos al Festival de la Luna Llena.

—¡Revisemos todo! —dijo Luna—. ¿Dulces?
—¡Listos! —contestó Peter.
—¿Mapa?
—¡Listo! —respondió Murci, sosteniéndolo al revés.
Luna sonrió y le dio la vuelta.
—Ahora sí. ¡Ruedas, alas y patitas… vamos juntos!

Pero, al llegar al Puente de los Suspiros, encontraron el camino lleno de calabazas gigantes que saltaban sin parar.
¡POM! ¡POM! ¡POM!
Cada salto hacía temblar el puente.
—Por aquí no puedo pasar —dijo Peter, frenando antes de acercarse.

Luna se preparó para investigar. Murci, en cambio, se escondió detrás de su gorra.
—Puedo ir contigo —susurró—, pero voy a ir con un poquito de miedo.
—Con un poquito está bien —respondió Luna—. Yo también tengo.

Entonces Murci levantó una oreja.
—Esperen. Ese sonido no es un gruñido… ¡es un hipo!
Dentro de la calabaza más grande vivía Bruma, una nubecita morada. Había querido iluminar el camino para que la invitaran al festival, pero su primer hechizo le había salido al revés. Cada hipo convertía una piedrita en una calabaza saltarina.

—Quería ayudar —dijo Bruma, a punto de llorar—. Ahora lo arruiné todo.
Luna le tomó una manita de vapor.
—Todavía no termina la historia.

Peter recordó que entre su carga llevaba Caramelos de Risa: dulces mágicos que deshacían los hechizos equivocados. Abrió su caja de herramientas y, con un embudo y un resorte, armó un lanzacaramelos.
—Entrega especial para calabazas con hipo —anunció.

Murci voló sobre el puente para señalar las calabazas que bloqueaban el paso. Peter mantuvo encendidas sus luces. Y Luna apuntó el primer caramelo.
¡Plic!
La calabaza se deshizo en chispitas doradas y una lluvia de dulces. Debajo apareció una pequeña piedra, exactamente donde debía estar.
—¡Funcionó!

Una tras otra, las calabazas volvieron a ser piedritas. Pero quedaba la más grande, justo en el centro del puente. Luna intentó alcanzarla y falló. El segundo caramelo también pasó de largo.
—No puedo desde aquí —dijo, bajando las orejas.
—Desde ahí, sola, no —contestó Murci—. ¡Yo te guío!

Peter se acomodó sobre el camino firme para alumbrar mejor. Murci señaló desde arriba.
—Un poquito a la izquierda… ¡ahora!
Luna lanzó el último caramelo.
¡PLIIIIC!
El cielo se llenó de chispitas. Bruma soltó una carcajada tan grande que por fin se le quitó el hipo.

Cuando llegaron al festival, Peter traía los dulces, Murci traía una nueva historia y Luna traía una invitada sentada a su lado. Esa noche, Bruma iluminó la plaza con pequeñas nubes de colores. Esta vez, el hechizo salió perfecto.

De regreso a casa, Luna encontró un sobre brillante entre los paquetes de Peter. No tenía nombre. Solo un dibujo: un faro encendido en medio de un bosque sin mar.
Murci abrió mucho los ojos.
—Peter… ¿nos queda gasolina?
El camioncito sonrió.
—Para una aventura más, siempre.

Y los tres siguieron adelante: ruedas, alas y patitas… siempre juntos.